Ella, encerrada en la oscuridad de su mirada, refugiada tras sus tinieblas, donde, creyó, nadie podía hacerle daño, se escondió agazapada como la chica tan frágil que era.
Temerosa aunque llamada por una irreprimible sed de curiosidad y vivencias fue liberada completamente desarmada en aquel mundo de cimientos resentidos. Su única arma era aquel orgullo y esa fuerza suya que resultaban tan paradójicos en un cuerpo tan débil y que tantos problemas como victorias le habían acarreado durante su vida.
Ella no fue en absoluto alguien sencillo, nunca fue alguien fácil de comprender pero si algo debía de caracterizarla a la hora de las relaciones personales era aquella peculiar empatía que despertaba en cualquiera que alguna vez tuvo el privilegio de conocerla.
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