domingo, 25 de septiembre de 2011

Recuerdos I

La noche y la oscuridad, el sueño y algo de alcohol convierten nuestro mundo  en sueños. Los sentimientos, tan dispares y cercanos como el amor y el miedo, escalan y se deslizan por tu espalda. Un escalofrío. Y no sabes lo que sientes, te preguntas qué es real, si la barrera entre lo realista y lo no existe. Son sueños estos besos, qué es irreal, qué no lo es. Puede que mi mente se  haya querido dormir antes de tiempo y juegue a imaginar, a intercalar imaginaciones entre estos placenteros instantes. Puede que nada de esto exista, que esta caricia sea otro invento o que el mundo mediante un malévolo plan me esté engañando. También puede ser real, pero y si nada lo es, y si nuestro mundo no es más que un conjunto de impulsos inventados por nuestras mentes o es el universo el que juega y nosotros solo somos víctimas de sus decisiones.
Entre tantas conjeturas y angustias espirituales, tan abstractas que acababan por escapárseme de la mente, me dejé deslizar entre sensaciones absolutamente desconocidas en mí. Aquella noche me dije, clavando la mirada en mis propias pupilas a través de un espejo, que nada podía fallar, que esta noche ha sido hecha para mí. Y sí, parecía ser uno de de aquellos días en los que el mundo quiere estar en tu bando, parecía uno de esos momentos donde la vida te allana el camino y todo lo que te propongas tendrá un buen resultado. Es una paradoja pero me abrumaba mi buena vida,  asusta ver que todo va bien sabiendo que en cualquier instante tu suerte se va a ver truncada. Tanta buena suerte debía ser efímera y yo la estaba exprimiendo al máximo, sí, tenía claro que en algún momento debía ser agotada.

En las paredes de azulejos se reflectaba la tintineante y fría luz de aquel baño. Con el sonido de las tuberías que voceaban mientras el agua las atravesaba me giré hacia el lavabo, tras mojar mi cara y manos alcé la vista encontrando mi propia mirada en el espejo. Sí, contemplé mis propios rasgos reflejados, las gotas cayendo por mis mejillas, me dije miles de cosas con la mirada y solté alguna palabra alentadora. Eran esos mis ojos, labios los que esa noche miraba. Eran los de siempre pero me sentía como nunca. Me sequé, una última mirada de esas que sólo yo entiendo perfectamente y erguido y con decisión salí. Mientras cruzaba el umbral de la puerta, como ráfagas de luz, bombardearon mi mente miles de imágenes y una pregunta que hace mucho le susurré a Lucía resonaba llena de poesía en mi cabeza. Recordaba perfectamente aquel momento, era plena primavera y bajo un Sol vespertino que nos acariciaba con sus cálidos centelleos permanecíamos en absoluto silencio tumbados sobre la hierba. Mirando el cielo, cerrando los ojos para dejar que los rayos te palpen, cruzando miradas brillantes. Era Madrid, un atardecer de mayo cualquiera, bramaba el tráfico y aullaba el bullicio, aun así fuimos capaces de evadirnos una vez más en una dimensión exclusiva para nosotros dos. Esta privilegiada capacidad estaba solo a nuestro alcance, nos aburría nuestro mundo, odiábamos a nuestra sociedad y estábamos cansados de vivir ahí. Como desaparecer era casi imposible y, aunque soñásemos con alocas huidas, nunca las cumplíamos conseguimos el talento de cerrar los ojos y desvanecernos del mundo. No era un talento fácil de explicar pero tan sencillo como eso, nos valía un mundo con dos habitantes que se entendiesen bien. Un momento de silencio, donde las palabras sobren y una atmósfera, preferiblemente en la oscuridad de la noche, con alguna canción que tuviese significado para nosotros nos era suficiente para cerrar los ojos y dejar que nuestras mentes vagasen por dimensiones improvisadas donde las leyes de la física y las imposiciones del mundo carecían de poder alguno. Apenas nuestro espíritu podía entrar en aquel utópico lugar y tras errar unos instantes conociendo el entorno volvía decepcionado a la realidad. Quisimos vivir en nuestros propios sueños, en un mundo intangible donde la realidad no hiriese y donde las leyes fuesen desobedecidas sin consecuencias. Un mundo bucólico tan idealista que nada fuese real, quería imaginar un lugar abstracto donde viésemos a la luz viajar y donde poder tocar el cielo para conocer su tacto con tan solo dar un salto. Ahí no sufriríamos por el dinero y los placeres no serían pecado. Nuestra libertad era real, podíamos abusar de ella sin innumerables consecuencias colaterales. Podía imaginar durante horas ese mundo aunque al final siempre llegase a la conclusión de que sería aburrido vivir ahí, le haría falta algo de maldad y desgracia. Me asustaba que en ese lugar al no haber dolor la poesía no existiese, no, no quería vivir en el Jardín del Edén, nos hacía falta pasar miedo, sufrir por el amor y la muerte para ser personas.
Abrí los ojos y volví a Madrid, el Sol terminaba de esconderse allá tras el confín de mi visión. Junto a mí estaba ella, me miraba y abrazaba, tintineantes le brillaban los ojos con el reflejo de toda la ciudad. Pensé qué bien te sienta la noche, siempre te da un color especial. Ella me contemplaba, seguramente pensando también en lo bonito que era aquel momento. Aun hoy no he olvidado aquella cara, aquella seguridad de que ella me deseaba tanto o más que yo a ella. Puede que destrozase el instante o solo le diese un halo de intriga, clavando mis ojos es su rostro susurré ‘’Cuánto ha habido de pasar para que tú y yo hoy estemos aquí’’ Ella como sabiendo perfectamente a qué me refería me contestó ‘’Todo lo que has vivido ha tenido el propósito de que tú y yo un día nos encontrásemos’’
Cuántos recuerdos, me dije. Volví al presente y pensé ¡allá vamos!.

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