domingo, 25 de septiembre de 2011

Escenas de noche II



Aquella noche la Luna envolvía el cielo en un misticismo cuyo recuerdo ya se desvanece en mí. Allá, tras la oscuridad que resiste en lo más alto de la ciudad, donde los débiles centelleos del mundo ya agonizan, los instantes fluían de forma instintiva, casi animal, ningún complejo pensamiento podía interferir en aquella fascinante atmósfera. Tímidamente y luchando contra las tinieblas, las estrellas que en el infinito tiritan clamaron, me llamaron a huir. Nadie escapa del hechizo de tales noches, me dije.
Aquella noche deslicé mis labios por su piel, como grabando en mí el recuerdo de aquel tacto. Recorrí su cuerpo con mis besos, guardé en mí el olor de aquella piel amarilla que se erizaba al sentirme. Dejé que mis dedos se deslizasen por su rostro, rodeé sus ojos y con la yema de mis dedos le acaricié los labios. Necesitaba recordar aquello y debía evitar que el tiempo acabase con tales instantes. Durante mucho tiempo invoqué, cerrando los ojos, una y otra vez el sabor de su piel al ser besada, concentrándome en que todo quedase bien memorizado. 

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