Las luces que aquella noche cualquiera eran desparramadas sobre las calles dieron un brillo al ambiente que nunca hubo de olvidárseme. Como diminutos animales asustados, las personas que por entonces recorrían aquellas calles huyeron de la estruendosa lluvia que sorprendió desprevenidos a todos ellos. Seré incapaz de borrar la imagen, ya exagerada por el paso del tiempo, que tengo de aquella escena. Entre los numerosos viandantes que escapaban de la primaveral tormenta, entre todos ellos, solo a una persona pareció no importar o simplemente no haberse percatado del copioso aguacero. Era ella, fue aquella noche cuando en mí se grabó la mejor imagen que de ella conservo guardada con sumo cuidado en el fondo de mis más viejos recuerdos.
Como siempre, conservaba en aquel momento esa apariencia delicada que tanto seducía pero que paradójicamente contrastaba con una seguridad y fuerza en su forma de andar que le hacía respetar. La rubia melena empapada, el pintalabios rojo se diluía y junto a su felina mirada componían la apariencia más seductora que jamás hubiese visto. Atónito quedé yo hechizado bajo el aguacero contemplando la imagen que toda mi vida había de recordar. Entre mediocres personajes corriendo asustados por un poco de agua, nosotros tuvimos que quedar perplejos mirándonos. Heló mi corazón una simple mirada que se aproximaba bajo las cortinas de lluvia. Paralizó mis sentidos el instante de miedo, dejé de sentir el frío del agua y un agradable calor me serenó. Presos de aquella sensación dejamos que fluyese naturalmente todo lo que debía de suceder.
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